Jack Dill es el actual director de CEAL en Latitud 90, hace más de 25 años es quien tomó esta empresa de manos de Rod Walker, su fundador.
Últimamente he pensado mucho en el liderazgo tal como se aplica a los adultos jóvenes: quienes terminan la escuela, los graduados universitarios, quienes se embarcan en vidas que pueden incluir no una carrera, sino dos, tres o más. Están entrando a un mundo que cambia a una velocidad extraordinaria por la inteligencia artificial y la constante transformación del trabajo. Esto plantea una pregunta importante: ¿qué significará el liderazgo para ellos?
Al vivir en Chile, para mí es importante que la educación en liderazgo conecte el aprendizaje formal en el aula con el aprendizaje al aire libre. La naturaleza sigue siendo una de las mejores aulas que tenemos: enseña resiliencia, juicio, trabajo en equipo, observación, responsabilidad y humildad de maneras que ninguna aula por sí sola puede lograr. El futuro depende de encontrar el equilibrio adecuado entre la tecnología y la naturaleza.
Al mismo tiempo, reflexiono sobre mi propia generación. Soy un Baby Boomer. Mis hijos son Millennials, que vivieron el auge de las computadoras personales, internet y los teléfonos inteligentes. Mis nietos pertenecen a la Generación Z y a la Generación Alfa, que nunca han conocido un mundo sin tecnología digital.
Mi generación creció en una cultura de autoridad: confiábamos en los padres, los maestros, la policía, los líderes militares y las instituciones. Cuestionar era poco común. Las generaciones más jóvenes de hoy son distintas: cuestionan casi todo y aceptan poco sin pruebas. Eso puede ser frustrante, pero también es una fuerza tremenda, porque un escepticismo saludable fomenta el pensamiento independiente y una mejor toma de decisiones. Cada generación resuelve los problemas de su propio tiempo.
Estas reflexiones me llevaron a replantear nuestro curso Leadership Challenge, para estudiantes de 16 a 18 años (este año, del 4 al 10 y del 11 al 18 de octubre). Ya no veo el liderazgo como enseñar a dirigir a otros, sino como formar aprendices activos y exploradores del mundo al que están entrando, capaces de entender cómo cambian la sociedad, la tecnología y el trabajo, y de descubrir qué valor único pueden aportar.
Su futuro empleador podría ser una empresa tradicional, una start-up o un sistema impulsado por IA. Muchos trabajos desaparecerán y surgirán otros nuevos. El éxito dependerá menos del conocimiento técnico y más de cualidades que las máquinas difícilmente replican: curiosidad, creatividad, empatía, buen juicio, generar confianza y comunicarse con claridad. El liderazgo será cada vez más una cuestión de colaboración que de autoridad.
Eso no significa que la autoridad desaparezca. En una crisis real —un incendio, un accidente, una emergencia— un liderazgo claro y decisivo sigue siendo esencial: hay momentos en que hay que decir “muévanse ahora” y no reunir a todos a discutir. Pero fuera de esas excepciones, liderar dependerá de escuchar, adaptarse y ayudar a los grupos a encontrar mejores soluciones juntos.
Admito que soy una especie de fósil tratando de entender un mundo que cambia rápido. Quizás por eso sigo interesado: todos estamos descubriendo nuevas formas de vivir, aprender y liderar, y ninguna generación tiene todas las respuestas.
Sigo volviendo a las palabras de Sir Ken Robinson, quien decía que la creatividad existe en cada ser humano si se le da la oportunidad de descubrirla. Creo que esa es una de las grandes responsabilidades del liderazgo actual: ayudar a las personas a descubrir sus propios talentos, nutrirlos y usarlos para aportar a una sociedad que cambia rápido.
Ese, para mí, será el desafío de liderazgo de la década de 2030.
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Jack Dill – Director CEAL Latitud 90
